viernes, 11 de abril de 2014

El escenario de tu ausencia

Aun recuerdo cuando el sol me daba la mano para no caerme y el mundo se reducía a cenizas, y recuerdo los destellos y las vibraciones, y al fondo del escenario las nubes y más allá el vacío. 

Y recuerdo también las curvas del trigo moviéndose suave, mecidas por el viento cálido y al abrigo del tiempo, mientras yo me acurrucaba en los anocheceres arrullada por el sonido constante de la tierra. Aun ahora me recuerdo sentada en el suelo sucio y árido mientras se ponía el sol, cuando ni cerrando los ojos los colores dejaban de bañarme el alma. Y es que aun tengo la impresión de que si bajo los párpados seguiré viendo esa gama que viajaba del naranja al violeta y que hoy continúa dejándome sin palabras. Cómo voy a olvidar el olor que se encontraba impregnado en cada piedra, y el sabor de las comidas familiares en aquel patio inclinado con aquella música horrenda de recién entrado el nuevo siglo, pero aun menos podré olvidar las sonrisas de aquel hombre de pelo blanco y mirada profunda, el hombre de agua y de tierra, de carbón y de amianto, el que siempre tenía algo que contar incluso aunque solo estuviera yo para escucharle. Le recuerdo sentado bajo la sombra de aquella sombrilla gastada, con las manos manchadas de aceite y hierro, y recuerdo sentarme a su lado mirando el cielo, y entonces el silencio, y los pájaros que ocuparon su asiento poco más tarde.

Y no me olvido de su figura, hecha de lágrimas entonces, y de amor, y de susurros callados, cuando se giró para regalarme una sonrisa y señalar el horizonte de nuevo, mientras se fundía con los colores del ocaso.

Aun recuerdo cuando el sol me daba la mano para no caerme y el mundo se reducía a cenizas, y recuerdo los destellos y las vibraciones, y al fondo del escenario las nubes y más allá el vacío.

lunes, 17 de febrero de 2014

Y es que una vez fuimos hermanos.

Y al cerrar los ojos y en la oscuridad atisbar tu sombra, dejaré que en la arista del sueño aparezca tu imagen para trazar la tangente hacia tus manos y que, ardiendo al sujetarlas, pronuncie tu nombre. O dibujar el alzado hasta tu mirada y, sin abrir los ojos, contemple el perfil de nuestras noches. Déjame así que lea tus poesías, siempre de caramelo agrio, y llore entonces con tus desdichas hasta saberme conocedora de tu alma.

Y es que una vez fuimos hermanos.
Lo fuimos.
Sin duda alguna.
Sin piedad alguna.
Con toda la violencia del amor a nuestro lado.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Tú, vacío, tan lleno de silencio, que me dedicaste tu ausencia en el letargo del invierno, volviste para preguntarme si estaba sola y decidiste quedarte como compañero. Cómo dedicarte entonces las palabras justas que ilustren tu presencia si estas tan hueco, cómo mostrar tu existencia invisible, si a ojos ajenos eres solo el espacio entre el corazón y los huesos. Y si fueras solo el ardor mortal del tiempo sobre las manos de los vivos, o el despertar ahogado de las enésimas madrugadas y el sol henchido, déjame contemplarte por siempre en alto, tumbada sobre las colinas rojas de la muerte.

sábado, 5 de octubre de 2013

Hoy rememoro aquellos días en los que ni siquiera nos cogíamos de la mano. Allí estabas tu, tan entero, mirando tras el cristal de aquel tren. Si, y es que en mi opinión, entre esas vías comenzó nuestra historia. Una historia que tenía fecha y final asegurado aunque estuviera escrita con la caligrafía más hermosa y aunque las expresiones que la conformaran hayan sido las más intensas e insondables jamás escritas por el hombre. No pretendo hacer de esto una cascada de lágrimas por haberte perdido, si no una pequeña oda a todo lo que gané contigo y a todo lo que en ti me perdí.
Fuiste los días más soleados en invierno y las lluvias más fuertes en verano, pero fuiste y eso es todo lo que importa. Porque, la verdad, todo se veía más luminoso cuando caminábamos sin rumbo con el único fin de perdernos. El regreso a casa no importaba en absoluto si estábamos juntos.

¿No te acuerdas de todos aquellos colores? No puedo recordar aquellos tiempos sin darme cuenta de que las noches, aunque fueron muchas, dejaron de sentirse oscuras. Porque nos rodeaba la magia ¿te acuerdas? esa que ahora no soy capaz de revivir. Y es que nada es como entonces.

Debemos habernos hecho mayores, "André".

martes, 6 de agosto de 2013

El Juego de la Muerte.

Piensas que puedo quererte, maldita sea, y yo me encojo repasando cada vestigio del amor que se rompió hace siglos. Acaricio con toda la dulzura que me permiten estas manos heladas por el frío de tu ausencia, el corazón ajado y malherido que nunca latió por tus miradas. Porque lleva una eternidad muerto de incertidumbre y el veneno deshizo la carne.
No es que creas que te amé, es que tus pupilas, como agujas, inyectaron el amor en la sangre a conciencia y te aseguraste de que mis ojos al fin brillaran con una chispa de vida al contemplarte.
Pero estoy muerta. Es algo que nunca llegaste a comprender cuando te esfumabas queriendo que doliera tu ausencia.
Me dejabas siempre la misma flor nacarada sobre las manos, nunca supe cual era su nombre, y te ibas mirándome fijamente como mira un hombre al animal que obedece temeroso del castigo. Y te ibas. Sin mediar palabra que yo pudiera respirar luego en el aire. Esas palabras tuyas que siempre podía evocar cuando solo quedaba en el ambiente tu aroma y el hueco vacío de tu ausencia.
Y te ibas y no volvías, y yo rememoraba esos ojos azules, como el río que surca los jardines de esta casa, con el desdén melancólico que caracteriza a los enamorados.
Hasta que volvías para asegurarte de avivar el recuerdo y deshacer de nuevo el alma con esas palabras que usabas, tan elegantes y tuyas, que hechizaban hasta a las flores.
Recuerdo entonces el día en que decidiste guardarme para siempre en la caja de cristal en la que ahora me hallo confinada. Tu voz me confesó entonces que  nunca perecería como lo hacía la fugaz belleza de las flores... y así dejé que tus brazos helados me abrazaran, dejándome caer en el juego sucio y solitario de la muerte.


jueves, 1 de agosto de 2013

Armonía.

Dejad que mis letras os cuenten, pequeños, la grandeza del arte. Dejad que los ojos absorban cada melodiosa armonía que mis manos puedan escribiros, queridos, y permitid que las sensaciones os retuerzan el alma al contemplar la belleza sepulcral de la concordia.

Y en ese caso os deleitaré, si me lo permitís, con una íntima lección de existencia:

Decidme que no es puro el acto de cerrar los ojos y ver ciegos todo lo que no captan las pupilas. Y que nunca habéis alargado entonces la mano hacia ninguna parte, intentando reconciliaros con el viento en vano. Atreveos a exponer aquí que la vida no es hermosa, intrépidos ignorantes. Estúpidos vivos. Malditos muertos de indiferencia. El hastío no puede formar parte de este texto.
Venid, si os atrevéis a rebatirlo, a discutir si el agua no es magia sedienta de tierra estéril, o si la hierba no crece buscando la melodía del astro rojo y en su compás se quema y marchita. Vamos. Venid, escépticos, que negáis todo lo que no veis porque no veis más allá de lo que negáis, a discutir si no sopla el viento por enseñarle al cielo el constante paso de los hombres o si no suben las mareas porque están enamoradas de los montes e intentan llegar hasta sus faldas.
Reíos si os digo que las tormentas son solo el mal humor de la tierra pisoteada, que patalea con la lluvia todo lo que con los pies no puede. O si aventuro que los pájaros son solo proyecciones de la música en instrumentos vivos.

Todo existe porque nosotros lo creemos de tal manera.Venid ahora a discutirme si la vida no es más bella cuando se pinta sobre el lienzo de los ojos.

jueves, 27 de junio de 2013

¿Sabéis lo complicado que es encontrar un título adecuado para algo como esto? Espero que os hagáis una idea.

Quizá es que encuentre orden en este despropósito de palabras condenadas al olvido. Quizá es que me fascine la calma de las letras reposando en el lugar correspondiente, con el único propósito de dar aliento y sangre al idioma. Puede que sea la paz que me transmiten al leerlas la que me envuelva en el conjunto de cuentos y relatos de esta lengua y que, como una bomba de oxígeno, me saquen del oscuro y hondo pozo sin aire de la vida.
Que sea el hálito de esperanza que exhalan ellas mismas al fundirse con los ojos de quien tiene el valor de imaginarlas.